Meluk le cuenta sobre España campeón del Mundial
Aunque ya han pasado casi dos horas desde que España levantó la Copa del Mundo, la cabeza no se enfría a pesar de que en Johannesburgo el termómetro marca cuatro grados centígrados y la brisa hace que se sienta apenas uno.
A mí me gustó la final porque fue un duelo de titanes, de dos maneras de enfrentar el fútbol, de jugar con honestidad, aunque a veces el juego cayó den la patada, en el dar y recibir, en el tu me pegas yo te doy. Ojo: de lado y lado, porque si Holanda metió el guayito y España también: para ser campeón del mundo no solo hay que jugar bien sino con fuerza cuando toca.
España es un justo campeón. No voy a entrar en la reiteración de su agradabilísimo y reconciliador estilo de fútbol de pases, de tocadores, de habilidosos; ni en el también reiterado elogio a pilares fundamentales de su equipo como Casillas, Puyol, Ramos, Xavi, Iniesta o Villa. Prefiero dedicar este último 'Meluk le cuenta mundialista' a la nueva personalidad del fútbol español, a ese nuevo carácter y temple que, a la larga, fue lo que la llevó a poner su nombre por primera vez y de manera merecida en la Copa del Mundo, la máxima joya del balompié del planeta.
España logró el título porque supo como reponerse de la derrota del debut en la fase de grupos contra Suiza. No era la primera vez que la 'Roja' llegaba a un Mundial con la calcomanía de 'Cuidado: candidata y favorita' en la maleta. Y no era la primera vez que en un tropezón, en un despiste defensivo perdía un partido y lo perdía todo.
Esta vez, a pesar de ese totazo inicial, confió en sí misma, entendió que a veces para ganar no basta con ser el mejor en técnica o en juego de conjunto, si no que se debe demostrar el carácter del campeón.
Y lo hizo sin jugar del todo bien contra Honduras y Chile. Lo hizo con 'garra' contra Paraguay que la tuvo a un penalti de repetir sus pesadillas. En esos partidos demostró tener la jerarquía suficiente para optar por el título, porque en el fútbol los grandes ganan así sea jugando mal o mucho menos de los que se espera de ellos. Y, por supuesto, lo hizo ofreciendo la mejor exhibición de fútbol del Mundial al regalarnos un conciertazo de fútbol fino contra Alemania en la semifinal.
En la final quiso darnos el recital de cierre, pero se encontró con una tremenda Holanda (a mí me gustó el partido de esta 'Naranja mecanizada' no 'Mecánica', ojo) que no la dejó ser la sinfónica del 'tiqui-taca' del 'toque-toque'. Y ahí, otra vez, demostró que ya tenía la piel y el alma del campeón, porque ganó cuando tuvo que bravear.
España maduró el título mundial porque por primera en la historia pudo combinar un gran equipo con un gran temperamento que la hizo superar, su inesperada derrota inicial, sus propios y viejos miedos.
GABRIEL MELUK
ENVIADO ESPAÑOL DE EL TIEMPO
JOHANNESBURGO
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