Oliver Masila abre a distancia la puerta de su Mini Cooper azul en el parking del lujoso shopping Sandton City. Es un chico esmirriado, alto, 24 años.
Lleva un jean de diseño, una camiseta gris ajustada, anteojos oscuros y una cadena que le da dos vueltas al cuello. De vacaciones en la universidad -las impuso el gobierno por el Mundial-, podrá pasar la tarde con amigos en el bohemio barrio de Parkhurst, antes de que la noche lo guíe hasta su casa, en Soweto.
Hijo de un comerciante, Masila conoce de oídas lo que fue la lucha contra la opresión racial. Es parte de la generación de "los diamantes negros", la clase media ascendente, de alto nivel de consumo, con acceso a la educación superior y que se codea con los blancos ricos en las zonas exclusivas de las ciudades, aunque aún viva en uno de los viejos guetos del apartheid .
"Podemos entrar a lugares en los que nuestros padres eran echados hace 20 años. La cuestión racial ya no es impedimento para vivir dignamente", dice Masila.
Es real, aunque en parte. El ingreso en el selecto mundo de la clase media es limitado para los sudafricanos negros: sólo el 20% de ellos puede considerarse en ese sector. Según cifras oficiales, el 14 por ciento va a la universidad (contra el 65% de los blancos). El desempleo golpea al 27 por ciento de los negros (y sólo al 4,6 por ciento de los blancos).
La estela de los "diamantes negros" se vislumbra en las amplias galerías del Sandton City, plagadas de marcas europeas, en los nuevos barrios acomodados en los márgenes de Soweto; en los bares fashion de Melville, en los cines de Rosebank y en las zonas de oficinas públicas del centro de Johannesburgo.
Les dicen también la "clase BMW", por su afición a esa marca entre los de mediana edad. A los jóvenes los deslumbra el Mini Cooper. El rápido acceso de la población negra a vehículos ha dejado al borde del colapso permanente el tráfico de Johannesburgo, incluso pese a las mejoras encaradas para el Mundial que dejaron una red de autopistas asombrosas.
Pero el camino a la igualdad racial está todavía más congestionado, pese a las políticas de cupos laborales y empresariales que impuso el gobierno democrático desde 1994. El 58 por ciento de los "diamantes" vive en las antiguas zonas segregadas, según un estudio a nivel nacional de la Universidad de Ciudad del Cabo.
Negros y blancos conviven armoniosamente, pero en mundos paralelos. Basta pasar una noche por la animada 4» avenida de Melville para notarlo: en una esquina, el pub Jolly arde de música pop, en las pantallas de plasma pasan rugby y la cerveza corre entre jóvenes rubios que hablan afrikáans. Justo enfrente, un bar del mismo nombre pasa hip-hop , con fútbol en la TV y una clientela 90 por ciento negra. Se escucha zulú y sesotho, mechado con inglés.
Escenas similares pueden verse en las universidades. Estudiantes negros y blancos comparten clases, pero se mueven en círculos diferentes. A la salida del campus de la prestigiosa Wits no se verá un solo blanco en la cola de los taxi-combis que llevan a las afueras de la ciudad. "A nosotros nos gusta el rugby y a ellos el fútbol. Crecimos en sitios muy diferentes, hablamos otro idioma. Pero no hay tensión y de a poco vas viendo más grupos interraciales", cuenta Max Bloekpoint, un rubio de 22 años que estudia abogacía y vive en Rosebank.
En los barrios de clase media alta, cada vez hay más vecinos de raza negra detrás de los paredones electrificados que protegen las casas. Pero se dan situaciones curiosas. Quien vaya a la salida de la escuela privada Melpark, en Melville, encontrará un 90 por ciento de niños negros, cuando en el barrio la proporción es la inversa. Fue uno de los tantos colegios que perdieron alumnos blancos a medida que crecía la inscripción de chicos negros.
La prosperidad -en escala menor- se distingue en Soweto. Por su mar de chozas de chapa y sus basurales a cielo abierto, circulan los Mini y los Mercedes Benz, y nacen barrios de casas de dos plantas y garaje.
El Maponya Mall es el principal shopping de Soweto, en el que se exhiben autos de 40.000 dólares y ropa de diseñadores de lujo, entre tiendas algo más humildes. Una estatua de Héctor Pietersen, el chico que simboliza la masacre de 1976 a los estudiantes negros, corona la entrada futurista del gigantesco centro comercial. Allí compra la clase media del township más simbólico de Sudáfrica, gente de trabajos bien remunerados, pero que distan de acercarse a los dueños de la riqueza.
Cientos de vecinos de la zona hacían cola ahí para comprar las últimas entradas disponibles para la Copa del Mundo, un lujo con el que no puede soñar la enorme mayoría de fanáticos del fútbol. El ticket más barato sale 25 dólares: para un 50 por ciento de las familias de Soweto es el ingreso formal de una semana.
En Maponya no se verán blancos. Soweto es símbolo de peligro para ellos. El joven Masila recuerda una anécdota de la semana pasada, cuando un compañero blanco de la universidad le ofreció llevarlo a su casa: "Cuando nos acercamos a la bajada de la autopista, el GPS empezó a decir, "¡atención, está entrando a una zona prohibida!".
Ocho millones de negros, con buen pasar
La población negra de Sudáfrica ronda los 40 millones de habitantes (80 por ciento del total), de los cuales se considera que casi ocho millones están en la clase media, con buenos niveles de consumo y acceso a la educación.
Martín Rodríguez Yebra
Enviado especial de EL MERCURIO DE CHILE
JOHANNESBURGO
GDA
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