En el Soccer City de esta ciudad, en la final de la Copa del Mundo de Sudáfrica, España ya habÃa tenido un logro: en 80 años, por primera vez jugó una final mundialista.
A ella llegó arrastrando un favoritismo enorme, con la honestidad de no traicionarse y de ir superando sus propios miedos y sus propios obstáculos.
A diferencia de su rival por la corona del fútbol, España llegó sin la condición de invicta: nada más que en el partido del debut se fue de bruces y Suiza la recibió con una bofetada: le ganó 1-0. Y ese partido resultó toda una contradicción que alcanzó a confundir, de algún modo, la brújula del navÃo española: jugó a su mejor estilo de pases y profundidad, pero no pudo hacer un gol a pesar de crear al menos seis opciones nÃtidas para notar, pero al perder perdió seguridad.
Y esa falta de convicción inmediata, esa pérdida de personalidad transitoria, fue evidente: a una Honduras muy, pero muy inferior apenas le ganó 2-0 cuando pudo (y debió) golearla y luego salvó su paso a la segunda ronda con un 2-1 conveniente contra Chile, en un partido en el que le bastó para avanzar sin convencer.
Y convenció menos cuando Paraguay la tuvo al borde del nocaut (a un penalti que falló Cardozo) y entre Casillas y Villa la sacaron del hoyo... Pero el equipo de Vicente del Bosque se fue reponiendo a sus propios miedos, a sus propias dudas, y vino a estallar, a reventar todo su juego colectivo, todo su estilo de respeto por el balón, toda su clase de talento y circulación de pelota, todo su volumen de juego, en la semifinal contra Alemania.
En ese juego del miércoles pasado, en Durban, España expresó en el campo todo lo que se esperaba, todo lo que se sabÃa de ella: un solo de pases, un monólogo de posesión de balón, una disertación del toque y, en su momento justo, la verticalidad adelante y la fortaleza táctica atrás.
Un juego de circulación infinita de pelota dictado por Xavi, acompañado de Iniesta y los demás (porque todos tocaban, todos la pedÃan, todos la pasaban).
España se hizo fuerte en su fuerte: el medio campo. En esa zona del terreno, con Xavi Alonso y Busquets, además, todos la tienen, todos la pasan, todos la dan y la reciben. Y es allÃ, con esa tenencia de bola, que España ataca y se defiende: va al frente con el cambio de ritmo o el pase exacto; y se protege con la pelota, porque al tenerla lejos de su arco le impide ser herido por el rival. En ese trabajo de seguridad y tenencia son fundamentales Busques y Xavi Alonso, quienes son unos volantes de marca que quitan, recuperan (dan el pase) y ayudan a mantener el toque (a veces, cuando es necesario también pegan).
Sin embargo, el candado se cierra de verdad con Puyol y Piqué, los centrales, los más rudos del equipo, los que no tienen vergüenza de tirar una patada o reventar la pelota a la tribuna y que son la baterÃa antiaérea: impasables en el cabezazo defensivo. Y con Casillas, un atajador nato, el capitán guÃa de un equipo que juega con los pies gracias a sus manos firmes.
Y claro: España es el gol de Villa, el poder anotador y victorioso de un delantero que a veces cae a posición de puntero izquierdo, que anda en racha, que se tiene más confianza que tiburón entre sardinas, que le gusta patear, que le gusta el gol.
En el ataque se puede pensar que el DT del Bosque respetó mucho al 'Niño' Torres y no quiso sacarlo del equipo a pesar de venir bajo de forma por una lesión y que cuando decidió darle la titularidad a Pedro (contra Alemania) el equipo tuvo más presencia ofensiva para su sin fin de tenencia de pelota. España es juego de pases y asà pasó a la historia ahora como campeona mundial.
GABRIEL MELUK
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
JOHANNESBURGO
Más información del Mundial de Sudáfrica 2010: www.futbolred.com/mundial
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