Soweto es un nombre mágico y sonoro. Llega en golpes de tambores y arrullos de cantos de voces de mil colores. ¿Significará lucha o resistencia en africano...?
El barrio en el que palpitó el corazón de la libertad negra en Sudáfrica es todo un mito. Allá vamos, guiados por el GPS del Chevrolette Aveo alquilado y por las señas de Terence, un larguirucho morocho de 24 años que cobró 600 rand (unos 160.000 pesos) por ser acompañante.
Pasan 45 minutos desde que se pisa el acelerador en el centro de Johannesburgo hasta llegar al destino obligatorio: la casa en la que vivió Nelson Mandela, el lÃder de la oposición al brutal y absurdo régimen blanco del Apartheid.
El imaginario también cree que Soweto es un barrio miserable, de casas de cartón y piso de tierra; de niños calvos y barrigones que juegan fútbol entre la basura. Hay y no hay verdad en eso.
En esta zona en la que se dicen viven cerca de 4 millones de personas, hay manzanas en las que se ven, de un lado, residencias confortables y amplias con un Mercedes y una camioneta Ford en el garaje y, del otro, dando apenas la vuelta, ranchos destartalados con una cama de mantas sucias en la que duerme una familia entera.
La antÃtesis es demoledora
En una cuadra hay un 'pub' estilo inglés con mesitas en el anden donde la gente bebe cerveza Carlsen sin prisa, y, 10 metros adelante, en mugrientos toldos de tela, aparece un puesto de manzanas, peras y guayabas, otro con cajas de dulces y chocolates de esos que se consiguen en cualquier supermercado y, un par de pasos más allá, una peluquerÃa ambulante en la que con una máquina de pilas o impulsada por la electricidad sacada de un poste, las cabezas de los negros quedan tan lizas y redondas como un bombillo y las de las negras con moñas, trenzas o dibujos de figuras y laberintos de canasto tÃpico.
En el 8115 de la calle Vilazaki hay aglomeración de personas. Son turistas que, llegados para el Mundial de Fútbol, hacen fila frente a la Casa Mandela, hoy un museo que apenas está abierto al público desde su última restauración, el año pasado.
Hay visitantes de todos los lugares y es fácil saberlo, pues llevan puestas las camisetas de sus seleccionados de fútbol, otra manera de vestirse con la bandera de la patria: brasileños, serbios, mexicanos, holandeses, australianos, italianos o argentinos, todos atraÃdos por ese imán de la dignidad humana. Hay que hacer fila.
La cola se mueve lento porque el lugar es pequeño. Solo dejan entrar grupos reducidos. Es imposible que quepan muchos en una sola pasada. La espera es de una media hora, minutos más, minutos menos, para llegar a la taquilla en la que cobran 60 rand (como 15.500 pesos) por cada adulto extranjero y 40 (unos 10.500) por el silencioso Terrence, "adulto perteneciente de la comunidad africana de naciones", como dice el letrero.
Una cajita de fósforos prendió la lucha
La diminuta casa de ladrillo rojo es de un solo piso. A lo largo, por fuera, se recorre caminando en nueve diez pasos y a lo ancho, en cinco.
Mbo, una abuelita de unos 65 años o más, es la guÃa. Terence la oye sin abrir la boca. Cuenta, de pasada, que la casa ha sido restaurada conservando su apariencia original; que Mandela la compró cuando estaba casado con su primera esposa, Evelyn Ntoko, y en la que vivió con su segunda mujer, Winnie, en 1958; que siempre la ocupó por poco tiempo, pues debÃa estar huyendo de quienes lo perseguÃan y que, después de sus 27 años en prisión, regresó a ella por solo 11 dÃas.
Winnie (que se divorció de Mandela en 1996) y sus hijas, mientras, soportaron entre estos ladrillos otra condena: la de ser, además de negras, la familia de quien estaba en una celda en Robben Island acusado por terrorismo. La casa fue incendiada varias veces y atacada con piedras y balas.
Mbo muestra unos huecos en la pared tapados con arenilla que, según dice, son las marcas originales de los disparos. Son cuatro reducidos espacios de esta 'cajita de fósforos'. Está la mesa del comedor, una camita sencilla de madera con su tendido, un armario, la vieja cocina de carbón, un platón de metal que usaban para su aseo, un sillón...
El pequeño museo, en el que debió ser el cuarto de las niñas, hay ahora unas vitrinas con varios objetos que intentan resumir la vida del lÃder que estuvo menos tiempo entre estas cuatro paredes que entre los barrotes de la cárcel.
Terrence, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, husmea y pega la nariz contra los vidrios. Quiere meter los ojos lo más cerca que puede en el documento oficial con el que se abolió el Apartheid, en el cinturón de campeón mundial de boxeo que le regaló a Mandela el supercampeón Sugar Ray Leonard, en una pequeña galerÃa (aquà todo es pequeño) de diplomas -desde el escolar hasta los de Doctor Honoris Causa-, en una colección de fotografÃas casi todas familiares y en dos pares de viejas botas negras que parecen nuevas.
"El verdadero nombre de Mandela es Rodihlahla, pero de niño, en la escuela, un maestro no pudo entenderlo ni pronunciarlo y, entonces, dijo que lo llamarÃa Nelson. Y asà se quedó", relata la frágil Mbo en una veloz retahÃla: "Las botas están como nuevas porque Mandela se las cambiaba o se las quitaba y caminaba descalzo para cambiar sus huellas y confundir el olfato de los perros de la PolicÃa".
Hace una parada para señalar un retrato en que aparecen Mandela y Desmond Tutu: "Esta calle es la más importante del mundo, pues es la única en la que han vivido dos Premios Nobel de la Paz", sentencia. A unas cuadras de este lugar está la también pequeña residencia del reverendo activista de la lucha contra al apartheid, el primer sudafricano negro en ser elegido y ordenado arzobispo anglicano.
Termina el recorrido. Un billete de 10 rand para en el bolsillo del gabán de Mbo.
Salimos de la casa y la fila de turistas está igual o más larga de como la dejamos. El flaco Terrence rompe por fin su mutismo: "Tengo que confesar algo, esta es la primera vez que entro a la casa de Mandela.
- Y, ¿qué sientes?, pregunto.
- AlegrÃa por no haber nacido en esa época...
Mientras abrimos las puertas del carro que ha 'cuidado' un muchachito a cambio de una moneda de 5 rand, la voz de Terrence aparece de nuevo:
- ¿Ustedes creen que Mandela es un hombre rico...?
- No lo sé, respondo.
- Yo sà estoy seguro de eso...
Y a golpes de embrague dejamos atrás esa Soweto de casas de clase media y media alta y de ranchos miserables de gente que sobrevive como puede, de ese Soweto que no es un sonido africano y que tan solo es la abreviatura de las palabras inglesas South Western Township, nada diferente al barrio para negros del suroccidente.
GABRIEL MELUK
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
JOHANNESBURGO
Más información del Mundial de Sudáfrica 2010: www.futbolred.com/mundial
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