Se fueron los latinos y se llevaron la diversión de Rusia

Se fueron los latinos y se llevaron la diversión de Rusia

Los aficionados que quedan tienen su manera mesurada de vivir la fiesta, que ya no es lo mismo.

Fanfest

Así luce el Fanfest, que antes fue ocupado por miles de hinchas en todo momento.

Foto: Jenny Gámez/Futbolred

11 de julio 2018 , 09:46 a.m.

El picante de los Mundiales lo pone la gente y, como ha quedado demostrado una vez más, lo pone la gente latina. Es otra cosa ver los fanzone, los alrededores de los estadios, los centros comerciales y las calles en general, ahora que ni Rusia está en competencia ni queda un solo equipo suramericano.

Nos consolamos entre nosotros cuando coincidimos en un restaurante o una tienda: “Mirá que jugaron un gran Mundial ustedes”, nos dice el señor de la camiseta de Argentina, con su hijo de unos 25… “¿Qué tal lo que hizo Yerry Mina?”, pregunta asombrado el chico. Y hablamos del partido de ellos contra Francia, y del miedo de Sampaoli y defendemos todos juntos a Messi como si fuéramos un solo equipo.

Y lamentamos que cuando fuimos uruguayos se NOS lesionó Cavani y una vez más perdimos. Y los mexicanos, que ahora hacen hasta cadenas de oración por Osorio, nos preguntaban más sobre la famosa rotación y hasta nos invitaban a la cadena. Qué decir de los brasileños, muchos de ellos aún en Moscú, a donde según sus planes deberían llegar en estos días para la final. En nuestro mejor portuñol criticamos a Tite y sus extrañas apuestas, las lesiones que dañaron todo, la falta de liderazgo y el exceso en el show de Neymar. Cabizbajos buscamos la manera de regresar a casa, sin la felicidad que trajimos desde tan lejos y con la desventura de tener que ponerle la cara a la deuda. ¡Semejante esfuerzo para nada!

Total, ya no sonreímos. Y ese es sólo el síntoma de una enfermedad que precisamente los brasileños describen con una sola y hermosa palabra: Saudade. Pura y dura nostalgia mundialista. Se nos van las horas en lamentos y miramos a la acera de enfrente, donde los europeos deciden el campeón mundial, y, de verdad, ni envidia sentimos.

Son pocos, silenciosos, se pintan banderitas sin tener muy claro por qué y no saben ni una sola canción, ni una barra, ni los himnos parecen sabérselos. Los franceses cantan “Allez Le Bleus” y con eso creen o creen que hay fiesta. Los croatas le dejan a los cuadritos de la camiseta el esfuerzo de llamar la atención, de los belgas hubo pocas noticias y apenas los ingleses, que no son tantos y ya no andan borrachos en las calles cazando peleas, se dejan sentir ocasionalmente en el metro o cerca de los estadios. ¿Fiesta? Caballeros, de eso los que sabemos somos los ausentes.

Vamos al fanzone, por ejemplo. A los pies de la majestuosa Universidad Estatal de Moscú se armó el sitio de reunión de quienes no pudieron conseguir entradas a la cancha o quienes no pudieron viajar a la ciudad sede del partido. Cuando jugaban Brasil o Argentina esto era un hervidero, sonaban los tambores más fuerte que los gritos desacertados de los animadores, cada cántico era más ingenioso –ofensivo, a decir verdad- y al final, en el colmo de la “grosería” nos abrazábamos todos muertos de risa. Reconocíamos la derrota al calor de la cerveza sin alcohol.

Ahora quedan pequeñas hordas de orientales que persiguen como locos a todo aquel que tenga camiseta del equipo que juega en la jornada, sin diferenciar si es europeo, africano, americano, lo que fuera. Están locos por las selfies y disparan el obturador a una velocidad que asusta. Importan ellos, no el Mundial.

La estridencia de la música no incluye una sola palabra en ruso, los Dj’s sólo entienden la rumba en inglés –y no hay certeza de que en realidad lo entiendan- y en el clímax se reservan al latino de moda en el mundo: Maluma. Él y su beat son todo lo que nos queda a los latinos en Rusia. Saudade, otra vez.

Se acabó un Mundial el día que se despidió Uruguay y quedó un torneo que elegirá al que menos errores cometa en el campo, a donde ya pocos miran. No quedan más que algunos varados en la Plaza Roja, tomándose las últimas fotos para el “Face”, y otros tantos en las tiendas de souvenirs. Ya no están preocupados por Modric o Kane o Mbappé sino por el vuelo de salida. Este gigante, tan amable con el turista, despedirá también al sol en pocas semanas y el recuerdo de la Copa no habrá perdido para siempre el sabor del trópico. Un Mundial distinto y distante terminará por fin en Rusia.

Jenny Gámez
Editora FUTBOLRED
Enviada especial en Rusia
En Twitter: @jennygameza

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