Lo que sí merece un sonrisa breve, antes de volver a la amarga realidad - la 'bolivización', la 'peruanización' de nuestro fútbol -, es ver a una selección Colombia ganarle a una selección Argentina. Pero verla desde los ojos de esos 'pelados' que amanecieron ayer con el calambre en las tripas de enfrentar a Argentina. La única Argentina de ellos, su categoría, su par, su mito. En ese equipo gaucho hay estrellas. Y los colombianos le ganaron a ese presente.
Me quedo con los minutos finales de una selección Colombia, cualquiera que sea su categoría, que le metió dos goles a Argentina. Lo dio vuelta, como dicen ellos, y los mandó de regreso a casa. Me quedo con los nigerianos celebrando los goles nuestros, más por la solidaridad de la raza que por otra cosa. Y me quedó, sobre todo, con la imagen de jugadores argentinos - cualquiera que sea su categoría, repito - envueltos en la camiseta para esconder las lágrimas, tomándose la cabeza con las manos, viviendo ese pequeño infierno de una eliminación imposible.
Celebremos eso y sólo eso. No pensemos ni empecemos a decir que ahora sí tenemos base para el futuro, que las generaciones que vienen sí nos llevarán de vuelta a un Mundial. En cinco o seis años estos mismos jugadores andarán de fiesta, comprarán cadenas de oro, llevarán chaquetas de cuero y se habrán enterado de que existen camionetas pick-up con radios estridentes y vidrios polarizados. No olvidemos, además, que hoy en la tribuna, celebrando con los nigerianos, tal vez disfrazados de ellos, había uno que otro empresario y dirigente del fútbol colombiano.
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