Reynoso le escupió y le tosió en la cara a Penco, minutos después de que éste empujara al arquero de Chivas y fuera expulsado. Pero ni tenía la gripa porcina, ni estaba profiriendo una amenaza real. Bien expulsado Reynoso, por supuesto, pero mal sancionado. Tendría que pagar una o dos fechas, como el propio Penco. Y, como mínimo, reconocerle su ironía y humor negro.
Lo que realmente hizo el jugador de Chivas fue un acto de defensa propia. Una defensa de todos los mexicanos, que de la noche a la mañana se volvieron leprosos - como los propios hinchas chilenos les gritaron a los jugadores de Chivas -. Y lo hizo, tal vez de mala manera, burlándose de la paranoia de todos.
Si ya eres parte de la peste, si eres la peste - habrá pensado Reynoso -, al menos usarla para obtener una pequeña ventaja comparativa. Los del Everton habrán jugado el partido muertos de miedo; esquivando gotas de sudor, el contacto en los tiros de esquina, el abrazo en la ceremonia de protocolo. Y Penco debió bañarse en el camerino durante horas, restregándose el estropajo en la cara hasta sangrar para librarse de esa maldita peste.
Además de tener estadios desocupados en su país, de mendigar una cancha en Latinoamérica para jugar un partido (Sammy, por supuesto, no prestó el Campín para no correr el riesgo de ver buen fútbol en Bogotá), los futbolistas mexicanos se sometieron a una discriminación desproporcionada. Una discriminación que la propia FIFA proscribe y combate.
No creo que haya que subestimar una pandemia, pero si los protocolos de salud de la Organización Mundial de la Salud son tan estrictos, pues la Confederación debió suspender los partidos. No volver a los mexicanos unos desterrados en busca de potreros para patear un balón y de indulgencias de hinchadas prestados. De la noche a la mañana los padrinos del fútbol latinoamericano quisieron volver el fútbol un deporte aséptico, una práctica quirúrgica. Pues se estrellaron de frente con los futbolistas, que escupen, tosen y también se indignan.
Yo, por mi parte, me voy para el D. F. en unos días a tomarme un tequila, darle un beso a un mariachi y traerme de vuelta un buen catarro. Nos vemos en el estadio.
Falta contra el balón. Mi voz de apoyo y solidaridad para Óscar Córdoba por las amenazas que recibió, al parecer, de barras de Millonarios. La hinchada azul debe oponerse rotundamente a este tipo de hechos.
Córdoba será siempre uno de los grandes. Su fracaso en Millonarios confirma, como viene sucediendo con otros que pasaron por Bogotá, que el problema no son los jugadores sino la institución. Ahí adentro sí hay una epidemia verdadera. En buenahora te vas para no contagiarte.
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Entonces esta bien contrarrestar la discriminación con una payasada en la cancha que aquí catalogan de ironía y humor negro(?). Y para rematar, a los comentaristas de fox sports México el hecho les pareció de lo mas gracioso y una picardia bien justificada.
Definitivamente el fútbol se volvió para los vivos.
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