El DT de Tigre - el humilde Tigre - es un antiguo ídolo de Boca, Diego Cagna, quien también podría ser un galán de cine o un detective salvaje en París. Y el DT de San Lorenzo, Miguel Ángel Russo, estuvo sentado antes en el banco de los xeneizes. A pesar de ganar una Copa Libertadores, salió por la puerta de atrás después de fracasar en el Mundial de Clubes ("fracasado", "pechofrío", me encanta la contundencia de los adjetivos en Argentina cuando se habla de fútbol). Todos quieren venganza, como en los novelones venzolanos.
Pasé lo que pasé, Boca ya ganó algo: ver en el sótano a las gallinas. River Plate quedó último en la liga, pero por cuenta de los 'micos' que imponen los equipos poderosos, no se va para la B. Como pasa en Colombia, cuenta el promedio de los últimos torneos. Pero el problema de Boca es otro: su trauma reciente. En el epílogo del Apertura 2006 (también por esta época), Boca traía una buena ventaja que se evaporó en los dos últimos juegos. Perdió contra Lanús y Belgrano, y Estudiantes lo alcanzó y se fueron al desempate. La final, que se jugó en terreno neutral - como se deben resolver las guerras - fue todavía peor. Boca se fue adelante con gol de Palermo, pero después Pavone y Sosa lo dieron vuelta, che, y se llevaron la estrella. Los de la banda roja se relamieron como gatos.
Estuve en Argentina ese año viendo - con algo de placer, tengo que admitir - la agonía de Ricardo La Volpe, el DT de Boca. La Volpe había regresado de México, después de fracasar un poco con la selección nacional, para fracasar un poco más en Argentina. Con su voz agría de anís y tabaco dijo que se iba si perdía; y se fue, al otro día de la derrota, con una resaca brutal (más adelante habría un canje humanitario de técnicos entre él y Russo, y Boca y Velez).
No soy hincha de Boca. No lo soy a pesar de la euforia de los tres colombianos que triunfaron allá y la seducción de ser parte de la mitad más uno. Me di cuenta de eso un año antes del papelón de La Volpe, en el Cláusura 2005. En la penúltima fecha fui a Avellaneda a ver Boca - Independiente. Metido en la barra xeneize supe que no sentía nada por ellos. Como una revelación amorosa. Le hice fuerza a los rojos, que al final perdieron 0-2. Lo hice en silencio, coreando las barras de Boca y saltando sin parar ("¡El que no salte es una gashhina!, ¡el que no sale es una gashina!...") para evitar una muerte tonta. Boca fue campeón y River, tercero. "Mierda, soy hincha de River", pensé mientras el flaco Buscetti, al lado mío en la tribuna, me besaba y me abrazaba por el nuevo título.
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