Parece que, gracias a Dios, no se va a necesitar un muerto más en el fútbol bogotano para que las autoridades distritales y los equipos, por fin, cojan el toro por los cuernos. Después de los incidentes del sábado, en el clásico entre Millonarios y Santa Fe, se anuncian "medidas drásticas" y "cero tolerancia" a la violencia dentro y fuera de El Campín.
Un muerto en plena tribuna (partido Santa Fe-América), cientos de disturbios dentro del estadio y en sus alrededores y miles de incidentes de diverso calibre no habían sido suficientes para que las autoridades decidieran enfrentar el problema sin hipocresías. Un cáncer que viene desde hace rato, pero que ha hecho metástasis una y otra vez gracias a la complicidad del gobierno distrital, la Policía, los propios clubes y del periodismo deportivo.
Aquí en nuestro país hay la creencia de que si se ventilan en público los problemas de una actividad, en este caso el fútbol, se le hace un mal. ¡Es al contrario!: la hipocresía de mirar para otro lado, de restarles importancia a los incidentes, de tratar de minimizar los hechos diciendo que fueron "unos pocos desadaptados" es lo que nos trajo hasta este punto. Un punto que, valga decir, es de no retorno.
Hoy por hoy, estamos enfrentamos al dilema de ponerle coto a esta violencia irracional, al desenfreno de los incultos, a la delincuencia que se esconde debajo de la camiseta de un equipo de fútbol, o terminaremos desbordados por ella; entonces, los hinchas de bien no tendremos más opción de dejar de ir al estadio y ver el fútbol por televisión. Un proceso similar al que ocurrió, por ejemplo, con el narcotráfico, con los paramilitares: permisividad mientras a mí no me toque.
Lo triste, lo preocupante, es hasta qué punto llegamos por la negligencia de aquellos que tenían en sus manos la solución del problema. Los alcaldes siempre les echaron la culpa a los equipos, dueños del espectáculo. La Dimayor hizo oídos sordos al problema. Los directivos de los conjuntos capitalinos siempre dijeron que eran hechos aislados y que las 'barras bravas' estaban conformadas por monjas y angelitos; incluso, se sabe que algunos de esos grupos cuentan con patrocinio oficial de los elencos. Los periodistas, por su parte, 'doraban la píldora', como si no tuvieran una responsabilidad social. Todos miraban para otro, hasta que llegamos a este punto de no retorno.
Esos mal llamados hinchas han sido tratados como niños traviesos cuando en realidad no son más que delincuentes en potencia, en unos casos, o simplemente delincuentes, en la mayoría. No es cuestión de educación, o de oportunidades, o de identidad, o de amor por un equipo, o del honor de una camiseta, o de reconocimiento social; se comportan como hampones, como depredadores, como antisociales y, en consecuencia, así hay que reprimirlos. ¡No más pañitos de agua tibia, no más hipocresía!
La vida de un hincha, la seguridad y la tranquilidad de los vecinos del estadio y de los ciudadanos de bien que acuden a El Campín no fueron motivo suficiente para que las autoridades dejaran de hacer caso omiso. En cambio, con la hipocresía que los caracteriza, se ofendieron por unas sillas rotas. No es que desprenderlas de su lugar esté bien, solo que la ironía da grima.
Armando Farfán, presidente de Santa Fe, anuncia "cierre indefinido" de la tribuna altas sur, epicentro de los desórdenes del sábado. Quizás suene a exageración, pero esa era la medida que había que tomar hace mucho rato. La única solución al problema de la violencia es ¡impedir el acceso de los violentos al estadio! Ya hay muchos de esos cabecillas identificados; entonces, hay que actuar sin temor. Lo que está en juego no es la taquilla de un equipo, sino el futuro del espectáculo.
Ya hubo demasiadas contemplaciones, muchas concesiones, exagerada complicidad. Es la hora de las acciones, sin dilaciones. Así como el gobierno nacional ha minado de manera significativa el cáncer de la guerrilla con mucho garrote y poca zanahoria, en Bogotá, en El Campín, es necesario que el alcalde, reconocido hincha, asuma la responsabilidad que le corresponde y nos garantice seguridad, tranquilidad. No son hinchas, no son desadaptados; es delincuencia común sobre la que debe caer todo el peso de la ley. Si no es ahora, ¿cuándo?
Fecha de clásicos, fecha de emociones
La jornada de clásicos, que estuvo bien entretenida, marcó el punto intermedio de las 18 fechas que comprende la fase de clasificación del Finalización. Tolima se mantuvo como líder, seguido por Junior y Santa Fe, un trío de equipos que comenzó a marcar distancias sobre el resto. Los rojos ganaron el clásico sobre el final, aunque hicieron méritos para haberlo resulto mucho antes.
La forma más fácil, y más errada, de analizar el 1-0 a favor de los dirigidos por Hernán Darío 'Bolillo' Gómez fue, justamente, la que escogieron el técnico Óscar Héctor Quintabani y la mayoría de jugadores albiazules: echarle la culpa al árbitro. El señor Wílmar Roldán confirmó que no pasa por un buen momento, es cierto, y también lo es que en el partido del sábado cometió varios errores. Pero, él no fue el culpable de la derrota azul.
Que Santa Fe se encontró la victoria en la última jugada, dijo Jonathan Estrada. Quién sabe qué partido vio el antioqueño, porque ese fue el quinto remate de larga distancia, el tercero despedido por la zurda del venezolano Luis Manuel Seijas. También habían probado Osnéider Álvarez y 'Pacho' Delgado, con acertada respuesta de Óscar Córdoba. Restarle méritos al rival nunca consigue tapar los errores propios es algo que Estrada debería aprender, y rápido.
Quintabani se quejó por el arbitraje de Roldán. ¿Sería por no haber expulsado a Gerardo Bedoya, que él solito dio más patadas que el resto de participantes del clásico? Lo amonestó en el minuto 88, cuando ni siquiera debió haber terminado el primer tiempo. O, acaso, ¿fue Roldán el culpable de que el goleador Milton Rodríguez solo hiciera un disparo, y desviado, en todo el partido? ¿Y fue Roldán el culpable de que Millonarios solo hizo un tiro directo al arco, y con peligro, en los 90 minutos (el remate de Estrada sobre el final, que detuvo Agustín Julio)? ¿Y fue Roldán el defensa que miró con pasividad cómo Seijas remataba sin oposición y luego cómo César Valoyes recogía el rebote sin quién le estorbara para anidarla en el pórtico con comodidad?
Al hincha siempre le costará admitir la superioridad del rival, y más en un clásico. Pero, resulta lamentable que los propios futbolistas entren en ese juego. Millonarios perdió el clásico simplemente porque Santa Fe lo maniató, le cortó los escasos circuitos ofensivos que generó, porque silenció al goleador azul y, sobre todo, porque nunca dejó de buscar la victoria. Millonarios, como le había ocurrido ocho días atrás contra Junior en Barranquilla, careció de volumen de juego ofensivo, se vio limitado a un pelotazo frontal que esta vez fue bien controlado y, para colmo, volvió a exhibir los errores defensivos que tantos dolores de cabeza le han costado. Como la sucesión de equivocaciones que permitió el gol rojo (pasividad para evitar el remate, el arquero concede rebote, la defensa no reacciona...).
Santa Fe confirmó algo que ya se sabía: que sus jugadores escogen los partidos. Así como contra Bucaramanga carecieron de actitud y en algunos casos mostraron pereza, en el clásico fueron todo pundonor, todo lucha, todo vergüenza, todo concentración. Fue, sin duda, el mejor partido de la era 'Bolillo'. Por las características de encuentro, por la calidad del rival. El único que desentonó fue Alejandro Bernal, que de manera irresponsable se hizo expulsar. Afortunadamente para él y para Santa Fe, el árbitro interpretó como respuesta a la agresión el manotazo que Rafael Robayo le dio en su intento por desprenderse de la marca, y equilibró las cargas.
Compacto en defensa, con gran acierto en los relevos, sin ese 'toque-toque' insulso hacia los costados y con acompañamiento de laterales (¡por fin!) y de volantes, Santa Fe ofreció una propuesta interesante. Careció de profundidad y de contundencia, como en otras ocasiones, pero nunca dejó de intentarlo. El gol en el 'minuto de Dios' fue un premio a la constancia, a creer que se puede. No se jugó bonito, pero sí se jugó bien. Millonarios, fiel a su estilo, les apostó a las individualidades; Santa Fe, en cambio, exhibió juego colectivo, y salió airoso.
Cumplidas 9 fechas, Tolima es líder con 19 puntos. Junior (+7 y 14 goles anotados) y Santa Fe (+7 y 12 goles anotados) son segundo y tercero, respectivamente, con 18 unidades. Eso quiere decir que, puntos más puntos menos, a estos tres equipos les bastará cosechar 9 unidades más para asegurarse en los cuadrangulares semifinales. Millonarios es cuarto, con 15, una buena cifra para asumir la segunda parte del calendario. Once Caldas (14), Bucaramanga (14), América (12) y Pereira (12) completan el cuadro de los ocho mejores.
El problema para todos ellos es que La Equidad, que ocupa la casilla 17 (penúltimo) suma 10 unidades, es decir, a solo 2. Entonces, una derrota propia combinada con el triunfo de alguno de los equipos que contabilizan esa cifra moverá sustancialmente la clasificación. La clave, como siempre, será ganar en casa y tratar de arañar algo más a domicilio. Millonarios recibe a Nacional y visita al América, en otra semana caliente, mientras que Santa Fe tendrá doble duelo contra equipos paisas: irá a Envigado antes de esperar a Medellín en El Campín. Ah, sin delincuentes en la tribuna sur.
El fin de la era Pinto en la Selección
De raíz, el Comité Ejecutivo de la Federación Colombiana de Fútbol cortó el que consideró el mayor problema de la Selección en las Eliminatorias al Mundial Suráfrica-2010: el técnico Jorge Luis Pinto. El santandereano, que nos conmovió a todos con sus lágrimas el día que asumió el mando, se fue por la puerta de atrás, disgustado con los directivos, peleando abiertamente con algunos de ellos y quebrantando los mínimos códigos del camerino. Su reemplazo, al menos para la doble jornada del mes de octubre, es Eduardo Lara.
A Pinto le ocurrió lo que a tantos otros entrenadores en el mundo: logró el éxito en un equipo, fracasó en la Selección. No poder trabajar día a día, verse sometido a la convivencia circunstancial y tener que cambiar el grupo de convocados según la ocasión fueron algunos de los problemas que enfrentó el director técnico. Por eso, el equipo viene de más a menos en la Eliminatoria; por eso, el equipo carece de identidad; por eso, la propuesta de juego es confusa.
Pero, como bien lo dijo el analista Jorge Barraza en su columna de 'El Tiempo' este lunes 22 de septiembre, esas no fueron las razones por las cuales Pinto fue destituido. Al santandereano el grupo se le salió de las manos y los roces con los jugadores, experimentados y novatos, cada día fueron más evidentes. Ese es su estilo y así se forjó una brillante hoja de vida, con varios títulos en su haber. Así reunió los méritos para ser escogido para dirigir a la Selección.
A Pinto se le podrán criticar muchas conductas (su terquedad, su soberbia, su mal genio, su incapacidad para negociar, su exagerada disciplina) y también habrá que agradecerle muchas otras (el profesionalismo, la entrega, la pasión, el compromiso, la seriedad). Lamentablemente para él, en la balanza pesaron más los inconvenientes que los logros. Quizás si Colombia todavía estuviera entre los cuatro mejores, inclusive en el quinto lugar, hoy aún sería el entrenador de la Selección. Pero, la realidad es otra.
Ahora, por designio de los directivos, es el turno de Eduardo Lara. Un excelente entrenador de categorías menores al que esta experiencia fugaz le puede pasar costosa factura. Tendrá el durísimo reto de medirse nada menos que a Paraguay, líder cómodo de la Eliminatoria, y a Brasil, para muchos el mejor equipo del mundo. Como para consagrarse o 'quemarse', sin tonos grises.
Por el bien del equipo, del país deportivo, del propio profesor Lara, ojalá le vaya bien. Eso sí, es claro que los jugadores se quedaron sin disculpas: ya se fue Pinto, al que muchos futbolistas señalaron como el responsable de todos los males. Ahora, entonces, tendrán que responder sin dilaciones, porque de lo contrario terminaríamos convencidos de que se trató, una vez más, de un triste episodio de la guerra de egos entre entrenador y deportistas.
Carlos Eduardo González Ll.
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