Opinión

Día de furia, por Nicolás Samper C.

Columna de opinión sobre fútbol internacional.

Por: Redacción Futbolred
Su nombre es Tony pero ya el apellido se lo van a cambiar a Montana. Porque el árbitro, pelado como los hombres de bien, se dejó ganar de sus propias iras. Todos vimos la acción: el juez estaba encargado de dirigir el juego entre Nantes y Paris Saint Germain y en un contragolpe de los parisinos, Chapron se fue corriendo para seguir la jugada. Cuando hacía la diagonal tropezó con el futbolista del Nantes Diego Carlos, que regresaba para ayudar defensivamente a sus compañeros. Cayó bruscamente al suelo y esa neutralidad que se les pide siempre a los jueces se fue al diablo. En el piso le lanzó un patadón a Diego Carlos, el futbolista que había tenido la mala suerte de chocar con él y fuera de eso le sacó la segunda amarilla.
Todos los tacos se le saltaron al réferi que hoy ha sido suspendido indefinidamente más allá de su pedido de perdón. Es difícil eso de ser árbitro porque siempre entran a la cancha perdiendo 1-0 simplemente por el hecho de tener que decidir en el campo todo lo que ocurre allí; sin contar con el odio de las tribunas donde es juzgado antes de comenzar su trabajo o con los futbolistas entrenados en reclamar todo o en engañarlos para hacerlos caer en el error. La culpa siempre será de ellos.
Pero a veces alguno tiene su día de furia: Saad Al Fahdli se dedicaba al referato en Kuwait y en el 2013 fue designado por el comité arbitral de su país para dirigir el duelo entre Al Arabi y Al Naser. Una pena máxima clarísima -estuvo más que bien en la sanción- desató la rabia de los jugadores del visitante y se dio la imagen de siempre: lo rodearon entre cinco y el espacio vital del juez quedó reducido a cenizas. Algún insulto debió recibir porque Al Fahdli de golpe envió un puñetazo que conectó muy bien. Y empezó a lanzar patadas y tarjetas rojas sin miedo.
O Eduardo Migueles, en un juego de ligas regionales en Argentina. Jugaban los clubes Pueblo Nuevo y Juventud Urdinarrain.Ganaba 1-0 el primero y se produjo un altercado por un fallo que provocó la locura de los de Urdinarrain. Uno de sus futbolistas, Facundo pereyra, le empezó a lanzar puños al juez central, de apellido Núñez. Ahí es que aparece Migueles con el banderín solferino listo a defender a su compañero de sufrimiento. El linesman entonces blandió la bandera como si de un garrote se tratara y le dio un cachiporrazo al volátil Pereyra que cayó al piso en medio de un hilo de sangre en su cabeza. Siete puntos de sutura fueron necesarios para cerrar la herida.
¿Y para qué hablamos del “Chato” Velásquez, dueño de un KO contundente ante Eduardo Luján Manera a comienzos de los ochenta?
La línea de la paciencia parece infinita entre los que se dedican a ser árbitros de fútbol. Esa es su gran virtud y su gran condena: tener que contenerse siempre, salvo que se trate de Chapron, Al Fahdli, el "Chato" y Migueles.

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