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Tragedia del avión de Chapecoense: un año de promesas incumplidas

No han construido el monumento a víctimas, no arreglaron la carretera y no hubo dotación a bomberos.

Por: Redacción Futbolred
El silencio en el cerro donde hace un año se estrelló el avión en el que viajaba el club Chapecoense es ensordecedor. Las corrientes de aire frío del Oriente antioqueño hielan el cuerpo. Al avión 2933 de la aerolínea boliviana LaMia solo le faltaron 20 kilómetros para tocar la pista del aeropuerto de Rionegro, que se ve a lo lejos tras llegar al claro donde el cerro se despeja.
Un año después de la tragedia, que cobró la vida de 71 personas (19 futbolistas, 25 directivos y acompañantes, 20 reporteros y siete tripulantes), solo hay abandono.
Las promesas de autoridades locales e internacionales quedaron en el aire. No se construyó el monumento en honor a las víctimas, ni se erigió la cruz gigante que se iba a empotrar en la cima donde chocó el LaMia. La carretera destapada, de siete kilómetros, entre el casco urbano y la vereda Pantalio, tampoco fue arreglada: hoy está más empantanada que hace un año.
En ese cerro, ahora llamado Chapecoense por un acuerdo municipal que aprobó el Concejo del municipio de La Unión, hay 24 cruces de madera de todos los tamaños, una corbata empantanada y una máscara de oxígeno amarilla. También están las fotos en acrílico, la mayoría rotas, de Biteco, Danilo, Bruno, Domingues, Gimenez de Souza, Ananias, Anderson Martins y Denner Braz.
Hay colgados tres pendones, dos de colectivos ciclísticos que han ido de peregrinación, y otro que tiene la frase: "Nadie sabe la duración de este viaje. Nadie sabe cuándo llegará su parada. Nuestro viaje juntos es muy corto".
La única cruz que tiene nombre, y que justo está en medio del boquete que dejó el avión en el cerro, es la de Ovar Fernando Goytia, quien pertenecía a la tripulación. Hay 14 estaciones de viacrucis con números romanos, pintados en color verde en tablitas de madera.
En la cima, donde el avión impactó primero, está una parte del fuselaje del Lamia sostenida con un paral, más dos chalecos salvavidas, una bandera rota que hace ruido cuando la mueve el viento y un pendón grande que dice: ‘Inmortais’, en letras negras. Cada cuarto de hora se escuchan las turbinas de las aeronaves que se dirigen a la pista. Imposible no pensar cuán cerca estuvo el 2933 de tocar tierra para que nada de esto se hubiera tenido que escribir. Fatalidad.
Juan Carlos Vallejo, presidente de la Corporación Unión Chapecó, adelanta una campaña desde el jueves pasado en los parques de Medellín y en centros comerciales de la ciudad, para recoger fondos y poder honrar la promesa a la memoria de los fallecidos. Dice que necesitan al menos 100 millones de pesos para comprar cuatro hectáreas (la cima del cerro y sus alrededores) y poder construir un parque de peregrinación.
“Ninguna entidad va comprar las tierras que se necesitan”, dijo. Por eso empezó la campaña ‘Un millón de colombianos con Chapecoense’ para conseguir recursos y poner una cruz de 17 metros. “Los campesinos de la zona van a regalar la mano de obra. También vamos a poner una imagen de la virgen de los futbolistas”, contó.
Fue tan poco el apoyo de las entidades oficiales que Vallejo tuvo que cerrar en el parque de La Unión un museo que había creado con objetos conmemorativos de la tragedia, porque no tenía cómo pagar el arrendamiento del local. Para no echarle tierra al proyecto lo trasladó a la terminal de transporte de La Ceja.
“Ninguna autoridad se ha metido de lleno. Tampoco ha habido contacto con el gobierno de Brasil, ni ofrecimiento para definir cómo nos van a apoyar”, añadió.
Hugo Botero, alcalde de La Unión, dijo que el municipio va a arreglar la carretera en diciembre, con recursos propios. Sobre la promesa de mejorar las instalaciones del actual hospital municipal, contó que ya presentaron un proyecto para construir un nuevo hospital, con dotación adecuada, porque en el actual establecimiento no hay espacio. Hasta ahora no han tenido respuesta.
Los ofrecimientos incumplidos no solo están en la vereda Pantalio: el cuerpo de bomberos de La Unión, el primero en llegar a la zona de la tragedia, sigue esperando un camión y una ambulancia que les prometieron, tras sus esfuerzos por arrebatarle seis vidas a las latas humeantes de la aeronave tipo Avro RJ85
Andrés Congote, subcomandante de bomberos, dijo que la llegada del camión “está todavía en proceso” en la Dirección Nacional de Bomberos. “Prometieron una ambulancia, no ha llegado. Recibimos una por parte de la Aeronáutica Civil que gestionamos en Bogotá”, contó.
“Los recursos siempre van a ser escasos, necesitamos equipos de protección personal para los bomberos, un vehículo idóneo para rescates, cuatro por cuatro, porque las carreteras hacia las veredas del municipio están en mal estado”, añadió.
Casa de familia del ‘Niño Ángel’, con aportes ciudadanos
Miguel Ramírez, padre de Johan Alexis, el ‘Niño Ángel’, poda y abona la decena de tomates de árbol que tiene en su propiedad. Con los colores de Chapecoense y con una jardinera lineal sembrada en el ingreso, Miguel dice que ahora vive como un rey.
“Muy agradecido con Dios y con la vida: del rancho en el que vivíamos a un palacio como estos hay mucho cambio”, dijo. Pese a ello, le duele pensar cómo obtuvo la casa. “El sueño mío era tener un ranchito para dejarle a la familia y con la agricultura es muy difícil. Me pongo a pensar en la forma cómo llegó esta casa y siempre le da nostalgia a uno, de tener que ocurrir un accidente de esos para cumplir ese sueño”, contó.
Pero la casa de Miguel no se levantó con recursos públicos. La fundación Compasión, del municipio de Marinilla (Oriente antioqueño), canalizó las donaciones de la gente para cumplirle la promesa a la familia Ramírez, junto con la dueña del terreno que cedió el lote para hacerle la casa a Miguel.
“Muchas veces voy a las siete, ocho de la noche a rezar un padre nuestro. Le doy gracias a Dios por esta casa que nos dieron”, añadió.
Los recuerdos indelebles del rescate
Miguel y Johan Alexis fueron los primeros que sintieron cuando el avión se estrelló. El niño estaba durmiendo en una hamaca, mientras su papá lo hacía en un colchón. El rancho se sacudió cuando la aeronave tocó la cima del cerro.
“Pensé que nos había caído encima. Le dije al niño que se había caído un avión y me dijo: ‘no ‘pa’, no charle con eso’. Nos quedamos dormidos viendo televisión hasta que dieron el primer anuncio en televisión. Esto se llenó de carros y sirenas. Le dije a Johan que nos fuéramos a asomar a ver en qué podíamos ayudar”, recordó Miguel.
A 10 metros del lindero de la finca estaban atendiendo a Alan Ruschel, primer rescatado. “Me dijeron que necesitaban abrir trocha para poder sacar los heridos por cerro Gordo. Les dije que había camino por la finca, que había cultivos, pero que eso no importaba. Le dije al niño que se devolviera por los machetes que estaban en un rancho de lata, el niño no chistó, ni dijo nada”, acotó.
Tumbaron el cerco y los estacones, por ahí pasaron después las camillas con Ximena Suárez, Erwin Tumirik, Jackson Follman, Rafael Henxel y Helio Neto.
Miguel pasa todos los días porque ese es el camino hacia la otra finca que administra. Recuerda dónde estaban los muertos, los heridos. “Ximena tenía una herida impresionante en el brazo, un hueco lleno de hojas y pantano. Cuando la limpiaron y le pusieron la gasa, en la última vuelta la sangre saltó. Estaba temblando de frío. La quisiera conocer”, concluyó.
Para Congote tampoco fue un año fácil. Recordó que solo se dieron cuenta que era el avión de Chapecoense después del rescate del cuarto sobreviviente. Para el cuerpo de bomberos de La Unión atender el accidente fue una maestría en rescate en solo 16 horas.
“Dos semanas antes estuvimos haciendo un curso comando de accidentes. Montamos un operativo en la zona urbana de La Ceja con un avión que colisionaba contra una comercializadora de gas. Una casualidad fuerte, por pocos metros este avión cae en La Ceja”, dijo.
En los meses posteriores soñaba con recurrencia con el rescate, con el estado de los cuerpos, con el silencio esperando escuchar más voces de sobrevivientes. Una noche los recuerdos fueron muy pesados. Al otro día fue al cerro en bicicleta e hizo un ritual para poder cerrar ese ciclo.
“El olor de la tierra mojada o de la sangre, en cualquier emergencia que atendemos, me recuerda ese día. Se siente mucha nostalgia, trabajar esa noche allá nos dejó imágenes muy fuertes”.
Juan Diego Ortiz Jiménez
@JDiegoOrtiz en Twitter

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